¿Sabes lo que pasa?

Hace poco leí en Instagram una reflexión que decía algo así como que ahora todo el mundo se cree escritor o escritora porque usa la IA para escribir.

Y reconozco que me quedé pensando.

Porque en parte entiendo esa crítica. Entiendo a quienes escriben como arte, como oficio, como una forma de expresión mucho más profunda que simplemente ordenar ideas. Hay personas que tienen un don especial para escribir, para encontrar las palabras exactas, para darle belleza a una frase y convertir un texto en algo propio.

Y es normal que esas personas miren la IA con cierta distancia.

Es su terreno. Su arte. Su manera de expresarse.

Pero luego estamos quienes no venimos de ahí.

Quienes tenemos ideas, historias, reflexiones o experiencias que queremos compartir, pero nos cuesta muchísimo darles forma. Quienes nos sentamos delante de un texto y podemos pasar horas intentando decir algo que tenemos clarísimo en la cabeza, pero que no conseguimos expresar bien en la pantalla.

A mí me ha pasado muchas veces.

He tenido reflexiones que quería publicar, historias de entrenamientos, pensamientos sobre deporte, familia, vida sana, creación de contenido o marca personal… y por falta de tiempo, por inseguridad o porque no terminaba de quedar como quería, acababan perdidas entre archivos a medio hacer en el disco duro.

Y lo más triste no era que estuvieran mal escritas.

Lo más triste era que nunca salían.

Con la llegada de la IA creo que se están viendo tres formas muy distintas de usarla.

Están quienes no quieren tocarla, y lo respeto. Sobre todo si la escritura es parte de su arte, de su identidad o de su trabajo creativo.

Están también quienes le piden a la IA que les invente una historia, una reflexión o un post cualquiera, lo copian, lo publican y ni siquiera revisan si eso va con ellos, si es verdad, si tiene sentido o si la IA se ha ido a dar una vuelta por Las Cañadas sin avisar.

Y luego estamos quienes intentamos usarla de otra manera.

No para inventarnos una vida.

No para aparentar que somos escritores.

No para publicar textos vacíos.

Sino para no dejar olvidadas ideas que sí son nuestras.

En mi caso, la IA me ayuda a ordenar lo que quiero decir. Me ayuda a estructurarlo, corregirlo, darle ritmo y quitar ruido. Pero la idea tiene que estar. La experiencia tiene que ser real. La reflexión tiene que venir de algo vivido, pensado o sentido.

Luego toca pelearse un poco con ella, claro.

Decirle: esto no lo pongas así, no inventes, esto no suena a mí, esta frase es demasiado intensa, esto parece escrito por una máquina, aquí quiero decir otra cosa.

Y en ese proceso, al final, sale un texto que quizá sin esa ayuda nunca habría publicado.

Para mí ahí está el valor.

Que alguien que no tiene facilidad para escribir pueda compartir mejor lo que piensa.

Que una persona con poco tiempo pueda ordenar una idea antes de que se le pierda.

Que una historia real, una experiencia o una reflexión que podría ayudar a otra persona no se quede abandonada en una carpeta del ordenador.

Porque no todo el mundo usa la IA para fingir.

Algunos la usamos para atrevernos.

Para desbloquear.

Para aprender.

Para expresarnos un poco mejor.

Y sí, habrá quien diga que eso tiene menos mérito. Puede ser.

Pero también me pregunto una cosa: ¿qué molesta realmente?

¿Que la gente use herramientas para escribir mejor?

¿O que ahora más personas puedan compartir ideas que antes se quedaban calladas?

Yo no me considero escritor.

Soy una persona con ganas de contar cosas, aprender y compartir lo que voy viviendo.

Y si una herramienta me ayuda a hacerlo mejor, sin inventarme nada y sin dejar de ser yo, sinceramente no veo el problema.

Esta reflexión la tenía dando vueltas en la cabeza.

No sabía muy bien cómo expresarla.

Así que, con ayuda de la IA, por aquí se las dejo.

No me maten 😉