¿Sabes lo que pasa?

El sábado quedé con Chuchín, mi archienemigo oficial, y con Javi, futuro del trail canario, para hacer una ruta de esas que no perdonan: unos 22 km con 2.000 metros positivos.

La idea era acostarme temprano. Venía de una semana con poco sueño y el cuerpo ya pedía descanso. Pero antes de irme a la cama me senté “un momento” en el ordenador. Había visto una noticia sobre cambios en ChatGPT, me puse a investigar… y ya sabemos cómo acaba eso.

Lo que podía esperar era la noticia.
Lo que no podía esperar era el descanso.

Y al día siguiente la montaña me lo recordó.

No era la primera vez que salía a entrenar durmiendo poco. Muchas veces lo he hecho y, más o menos, he ido tirando. Algún calambre, malas sensaciones y poco más. Pero esta vez fue distinto.

En una bajada, ni siquiera de las más técnicas, me fui al suelo. De esas zonas donde vienes de un tramo complicado, te relajas porque parece más fácil… y justo ahí aparece la piedra medio enterrada que te pone en tu sitio. Le di con la puntera del tenis, intenté salvarlo, pero terminé cayendo, golpeándome rodilla, brazo, codo y manos.

Nada grave, por suerte. Me levanté, revisé que todo siguiera en su sitio y continué. Todavía quedaban más de 10 km y bastante desnivel por delante.

Pero la montaña ya me había dado el primer aviso.

Sobre el km 16 volví a tropezar bajando. Esta vez conseguí equilibrarme en el último momento y evitar otro beso al suelo. Se me subieron los dos gemelos de golpe y se me quedaron los cuádriceps como piedras durante los siguientes 100 metros. Y en los últimos kilómetros llegaron los calambres: primero en el vasto interno izquierdo, y ya abajo, mientras conducía, otro en el vasto derecho.

Llevo años intentando entender mis calambres. Probando cosas, ajustando alimentación, hidratación, sales, ritmos, estrategias… Y hacía tiempo que no tenía esa sensación de torpeza bajando.

Así que he tenido el sábado por la tarde y todo el domingo para pensarlo en frío.

Y no tengo pruebas absolutas, pero tampoco muchas dudas: el factor más importante fue el descanso. O mejor dicho, la falta de sueño.

No hablo de tumbarse en el sillón con las piernas en alto. Hablo de dormir. De apagar la cabeza. De dejar que el cuerpo y la mente hagan su trabajo.

Sí, seguramente bebí menos de lo que debía. Y tampoco comí demasiado. Eso puede explicar parte de los calambres. Pero no explica esa torpeza, esos tropiezos y esa falta de reflejos en bajadas donde normalmente voy mucho más seguro, lento pero seguro.

Cada vez tengo más claro que, en mi caso, los calambres no dependen solo de lo que como o bebo. También tienen mucho que ver con cómo llego mentalmente, con el estrés acumulado y con el sueño que le he robado al cuerpo.

A veces creemos que entrenar más es sumar. Pero entrenar sin dormir lo suficiente también puede ser restar.

Y esta vez lo noté.

La lección me la llevo clara: el descanso no es una parte secundaria del entrenamiento. Es entrenamiento.

Porque puedes tener buenos tenis, buen reloj, buena ruta y buenos compañeros.

Pero si llegas con la mente cansada y el cuerpo sin recuperar, la montaña acaba cobrándote la factura.

Y el sábado, por suerte, solo fue un aviso.