¿Sabes lo que pasa?
Que hoy en día está muy de moda eso de buscar tu propósito.
Y ojo, me parece un tema precioso.
Pero también creo que, si no tenemos cuidado, nos puede volver un poco locos.
Porque parece que todo el mundo tiene que encontrar una gran misión.
Una frase perfecta.
Un objetivo enorme.
Una vida de película.
Algo que suene profundo, inspirador y digno de poner en una charla motivacional con música épica de fondo.
Y claro, cuando pasas de los 50, o estás cerca, puedes llegar a preguntarte:
¿Y si todavía no he encontrado mi propósito?
¿Y si todo lo que he construido hasta ahora no estaba alineado con lo que “de verdad” tenía que hacer?
¿Y si he perdido el tiempo?
Y ahí es donde creo que muchas veces nos hacemos daño.
Porque estamos comparando nuestra vida real con vidas resumidas en redes sociales.
Con frases bonitas.
Con gente que parece tenerlo todo clarísimo.
Con mensajes que te hacen sentir que, si no estás cambiando el mundo, no estás haciendo nada importante.
Pero ¿y si el propósito no siempre tiene que ser algo gigantesco?
¿Y si no tiene que ser salvar miles de vidas, montar una empresa enorme o dejar una huella espectacular en el mundo?
¿Y si tu propósito también puede ser formar una familia?
Cuidarte para poder estar más años con los tuyos y con mejor calidad de vida.
Cuidar de tu pareja y dejar que ella también cuide de ti.
Intentar ser un poco más felices cada día, aunque no todos los días salgan perfectos.
Educar a tus hijos para que sean buenas personas, libres, alegres y capaces de encontrar su propio camino.
Estar presente.
Aprender.
Mejorar.
Compartir.
Crear algo pequeño, pero honesto.
Acompañar a los tuyos.
Ser un refugio para tu familia.
¿De verdad hay muchos propósitos más grandes que ese?
A veces tengo la sensación de que hay tanto discurso sobre encontrar tu propósito, tanta frase intensa y tanto vendehumo, que acabamos pensando que nuestra vida normal no vale lo suficiente.
Y quizá el problema no es que no tengamos propósito.
Quizá el problema es que no lo estamos mirando bien.
Porque igual el propósito no aparece de golpe como una gran revelación.
Igual se va construyendo en lo cotidiano.
En una conversación con tus hijos.
En una tarde con tu pareja.
En salir a entrenar para cuidar tu salud.
En aprender algo nuevo aunque ya no tengas veinte años.
En crear contenido porque te divierte, porque te ayuda a pensar y porque quizá también pueda servirle a alguien.
En intentar vivir de una forma un poco más coherente con lo que eres.
Yo no sé si eso suena muy épico.
Pero a mí me suena bastante real.
Porque igual el propósito no es convertirte en otra persona.
Igual es darle más sitio a la persona que ya eres.
A lo que quieres cuidar.
A lo que quieres construir.
A lo que te importa de verdad.
Y quizá, sin darnos cuenta, llevamos años persiguiendo un gran propósito mientras teníamos delante uno enorme:
vivir mejor, cuidar a los nuestros y dejar algo bonito en las personas que caminan a nuestro lado.