¿Sabes lo que pasa?
Que muchas veces pensamos que entrenar solo sirve para mejorar físicamente.
Para correr más rápido.
Para subir mejor.
Para aguantar más kilómetros.
Para llegar más fino a una carrera.
Pero el deporte enseña cosas que luego usamos fuera del deporte.
Cuando aprendes a gestionar una subida interminable en una carrera, también estás aprendiendo a gestionar un problema complicado en el trabajo.
Cuando vuelves a entrenar después de una mala carrera, también estás aprendiendo a levantarte después de un fracaso.
Cuando ayudas a un compañero durante una ruta, también estás entrenando la empatía.
Y quizá por eso muchas personas seguimos corriendo aunque nunca vayamos a ganar una carrera.
Porque lo importante no siempre ocurre el día de la competición.
A veces ocurre un martes cualquiera, cuando sales cansado y aun así cumples.
O en mitad de una subida, cuando la cabeza te dice que pares y tú decides seguir un poco más.
O cuando llegas a casa sin medalla, pero con la sensación de haber ganado algo por dentro.
Al final, entrenar no solo fortalece las piernas.
También va moldeando la forma en la que afrontas la vida.
