¿Sabes lo que pasa?
Ayer tuve uno de esos lunes de esta nueva vida que ahora mismo está un poco patas arriba con la llegada de Pablo.
Estoy de permiso de paternidad, que se supone que es descanso, pero en realidad descansas de ir a trabajar y se multiplican las responsabilidades en casa. Pablo acaba de llegar, Manuel sigue con sus cosas de niño de 9 años, Sara con sus 16, y yo intentando ayudar en lo que puedo para que mi mujer también pueda respirar un poco y tener algo de vida más allá de la maternidad.
Y es lo que toca. Además, lo hago encantado. Pero cansa.
Ayer por la tarde ya llevaba varias idas y venidas a La Laguna, había aprovechado la actividad extraescolar de Manuel para salir a correr un poco, y venía arrastrando sueño porque la noche anterior me acosté tarde. En parte por mi afición a crear contenido, en parte por mi mala organización. Las dos cosas son verdad.
Cuando llegué a casa me eché en el sillón, al lado de Pablo, con las piernas en alto. Y ahí me quedé. Fundido. Creo que hasta ronqué un poco.
Y en ese momento pensé en lo fácil que es convertirse en una persona sedentaria.
Porque lo único que me apetecía era encender la tele, quedarme allí tirado y no hacer nada más. Ni levantarme a cenar. Ni pensar en entrenar. Ni editar. Ni aprender. Ni avanzar. Solo cumplir con lo justo y después buscar ese descanso fácil, inmediato, cómodo.
Y ojo, lo entiendo perfectamente.
Entiendo a quien llega reventado de trabajar y solo quiere sofá, tele, comida rica y desconectar. Entiendo ese placer instantáneo. Entiendo que el cuerpo muchas veces te pide justo eso. De hecho, ayer me lo pedía a mí con todas sus fuerzas.
Pero lo que me preocupó no fue sentir eso un rato. Lo que me preocupó fue imaginarme viviendo así siempre.
Trabajar, cumplir, sofá. Trabajar, cumplir, sofá. Sin deporte, sin proyectos, sin crear, sin curiosidad, sin esa pequeña ilusión de seguir construyendo algo propio.
Y mientras lo pensaba, lejos de sentir paz, sentí vacío.
Como si esa comodidad, llevada demasiado lejos, no fuera descanso, sino una forma lenta de ir apagándome. Como si dejar de moverme, de crear, de aprender y de ilusionarme fuera empezar a prepararme para desaparecer por dentro mucho antes de tiempo.
Por eso creo que hay que tener cuidado. Porque el sedentarismo no llega de golpe. Llega disfrazado de “me lo merezco”, de “hoy no pasa nada”, de “mañana empiezo”, de “ya estoy muy liado”. Y claro que hay días para parar. Claro que hay días para descansar. Pero una cosa es descansar y otra muy distinta es abandonarse.
Al final me levanté. Cené con mi familia, llevé a Sara a casa de su madre en el cuarto viaje del día a La Laguna, y seguí con esta vida mía medio desordenada, cansada, intensa y preciosa.
Una vida con sueño, con niños, con entrenamientos encajados donde se puede, con vídeos atrasados, con responsabilidades y con días en los que no me da la vida.
Pero también una vida que me hace sentir vivo.
Y creo que ahí está la clave.
No quiero una vida perfecta. Ni una vida épica todos los días. Ni una vida donde siempre tenga ganas de entrenar, crear o hacer cosas.
Solo quiero no apagarme.
Porque descansar está bien.
Pero dejar de vivir, aunque sea poco a poco y sentado cómodamente en un sillón, ya es otra historia.